A cerimônia do Sol
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A cerimônia do Sol

Luiz Fernando Zanin Oricchio

26 Julho 2016 | 15h54

casapueblo

 

PUNTA DEL ESTE

Nesta viagem ao Uruguai fomos à Casapueblo, construída pela artista plástico e poeta uruguaio Carlos Paez Vilaró no penhasco de Punta Ballena, em Maldonado.


Um lugar mítico. Já o havia visitado há uns dois anos. É uma uma casa-museu, cheia de obras, algumas magníficas. Mas a maior das obras é a própria casa, construída em pavimentos, toda branca, curvilínea,  e como incrustada no penhasco que se joga contra o mar. Ou o Rio da Prata, que se mescla ao Atlântico.

Na vez anterior, visitei a casa pela manhã. Não acompanhei o ritual do entardecer. Nem sabia de sua existência.

Desta vez, fomos levados para o famoso pôr do sol, a ser assistido de um dos mirantes da Casapueblo. Fomos numa comitiva de carros antigos, que saiu do centro de Punta del Este rumo a Punta Ballena. Velhos carros americanos dos anos 1930, 1920 e até 1910. Coube a nós, Rô e eu, e mais uma amiga nicaraguense, um bem conservado Chrysler de 1930. Pilotado pelo dono, Danilo, um simpático colecionador. E lá seguimos em insólita caravana, rumo à  Casapueblo.

Eu nada sabia do cerimonial do sol e, às vezes, a ignorância pode ser benéfica, pois nos traz a dádiva da surpresa.

Desse modo, o cerimônia me jogou numa espécie de encantamento quando o sol começou a chegar ao seu ocaso e, dos alto-falantes da casa, passou a sair a gravação da voz do seu antigo proprietário, como a de uma pessoa que falasse do além.

Vilaró, o próprio, dizia um texto de sua autoria que me deixou profundamente comovido. Ao fundo, o som do Adágio do Concierto de Aranjuez, tocado, talvez, por Narciso Yepes, se bem reconheci o toque.

O sol em seu declínio, a voz do poeta já morto, o texto maravilhoso, a música, o vento gélido no rosto, o conforto do vinho – tudo isso nos punha, a mim e aos amigos que assistiam, num estado de emoção muito particular, quase um torpor anímico.

Já vi o cair do sol em em Paris e em Roma. Assisti ao crepúsculo em Veneza, nas magníficas praias do Nordeste e os fins de dia na Amazônia. Mas confesso que se tiver de lembrar de um entardecer até o fim de meus dias será este, o da Casapueblo em Punta Ballena. Uma experiência filosófica, metafísica e emocional, quase religiosa, mesmo para ateu juramentado e nunca arrependido.

A imensidão das águas em frente, a luz declinante com seu espetáculo de cores, a música e o som das palavras nos levam a um estado outro, por assim dizer. A barbárie do mundo atual, e a nossa barbárie brasileira particular, entram em suspensão temporária diante de tanta beleza.

 

Abaixo, o texto de Vilaró. É longo, é em espanhol e é lindo. O resto fica por conta da imaginação de vocês.

 

Ceremonia del Sol
Carlos Páez Vilaró

Hola Sol …! Otra vez sin anunciarte llegas a visitarnos. Otra vez en tu larga caminata desde el comienzo de la vida.

Hola Sol…! Con tu panza cargada de oro hirviendo para repartirlo generoso por villas y caseríos, capillas campesinas, valles, bosques, ríos o pueblitos olvidados.

Hola Sol…! Nadie ignora que perteneces a todos, pero que prefieres dar tu calor a los más necesitados, los que precisan de tu luz para iluminar sus casitas de chapa, los que reciben de tí la energía para afrontar el trabajo, los que piden a Dios que nunca les faltes, para enriquecer sus plantíos, y lograr sus cosechas. Es que vos, Sol, sos el pan dorado de la mesa de los pobres. Desde mis terrazas te veo llegar cada tarde como un aro de fuego rodando a través de los años, puntual, infaltable, animando mi filosofía desde el día que soñé con levantar Casapueblo y puse entre las rocas mi primer ladrillo.

 

Recuerdo que era un día inflamado de tormenta, el mar había sustituido el azul por un color grisáceo empavonado, en el horizonte un velero escorado afinaba el rumbo para saltear la tempestad, el cielo se llenaba de graznidos de cuervos en huida, la sierra se peinaba con la ventolera alborotando a la comadreja y al conejo.

Pero de golpe como un anuncio sobrenatural el cielo se perforó y apareciste vos. Eras un sol nítido y redondo, perfecto y delineado, puesto sobre el escenario de mi iniciación con la fuerza sagrada de un vitreaux de iglesia. Desde ese instante sentí que Dios habitaba en ti, que en tu fragua derretía la fe y que por medio de tus rayos la transmitía por todos los sitios donde transitabas. Los mismos brazos de oro que al desperezarte iluminan el cielo, al estirarse a los costados entibian las sierras, o apuntando hacia abajo laminan el mar.

 

Hola Sol…! Cómo me gustaría haber compartido tu largo trayecto regalando luz, porque a tu paso acariciaste la vida de mil pueblos, compartiste sus alegrías y tristezas, conociste la guerra y la paz, impulsaste la oración y el trabajo, acompañaste la libertad e hiciste menos dura la oscuridad de los presidios.

A tu paso sol, se adormecen los lagartos, despiertan los girasoles y los gallos cacarean. Se relamen los gatos vagabundos, los perros guitarrean, y el topo se encandila al salir de la cueva. A tu paso sol, hay sudor en la frente del obrero y en los cuerpos de las mujeres cobrizas que alcanzan el cántaro de la favela. Con tus latidos conmueves el mar, das música a la siembra, la usina y el mercado.
A tu paso corrieron en estampida búfalos y antílopes, desperezó el león, se asombró la jirafa, se deslizó la serpiente y voló la mariposa. A tu paso cantó la calandria, despegó el aguilucho, despertó el murciélago y emigró el albatros.

Hola Sol…! Gracias por volver a animar mi vida de artista. Porque hiciste menos sola mi soledad. Es que me he acostumbrado a tu compañía y si no te tengo, te busco por donde quiera que estés. Por eso te reencontré en la Polinesia, cuando te coronaron rey de los archipiélagos de nácar y los arrecifes dentellados de coral, o también en Africa, cuando dabas impulso a sus revoluciones libertarias y te reflejabas en el espejo de sus escudos tribales para inyectarles coraje. Te estoy mirando y veo que no has cambiado, que sos el mismo sol que reverenciaron los aztecas, el mismo de mi peregrinaje pintando por América, el que envolvió la Amazonia misteriosa y secreta, el que me alumbró los caminos al Machupichu sagrado del Perú, el de los valles patagónicos o los territorios del Sioux o del comanche. El mismo sol que me llevó a Borneo, Sumatra, Bali, las islas musicales o los quemantes arenales del Sahara.

 

A diferencia del relámpago que apenas proyecta en la noche latigazos de luz, desde tu reinado planetario, tus destellos continúan activos, permanentes.

Alguna vez la travesura de las nubes oculta tu esplendor, pero cuando ello ocurre, sabemos que estás ahí, jugando a las escondidas.

Otras veces, en cambio, te vemos sonreír cuando las golondrinas o las gaviotas te usan de papel para escribir las frases de su vuelo.

Gracias Sol, por invadir la intimidad de mi atardecer y zambullirte en mis aguas.
Ahora serás la luz de los peces y su secreto universo submarino. También de los fantasmas que habitan en el vientre de los barcos hundidos en trágicos naufragios.
Gracias Sol…! Por regalarnos esta ceremonia amarilla. Gracias por dejar mis paredes blancas impregnadas de tu fosforescencia.

Entre ventoleras y borrascas, cruzando ciclones y tempestades, lluvias o tornados, pudiste llegar hasta aquí para irte silenciosamente frente a nuestros ojos.
Porque tu misión es partir a iluminar otros sitios. Labradores, estibadores, pescadores te esperan en otras regiones donde la noche desaparecerá con tu llegada.

 

Y como respondiendo a un timbre mágico despertarás las ciudades, irás junto a los niños a la escuela, pondrás en vuelo la felicidad de los pájaros, llamarás a misa.

A tu llegada, se animará el andamio con sus obreros, cantarán los pregoneros en las ferias, la orilla del río se llenará de lavanderas y entrará la alegría por la banderola de los hospitales.

 

Chau Sol…! Cuando en un instante te vayas del todo, morirá la tarde. La nostalgia se apoderará de mí y la oscuridad entrará en Casapueblo. La oscuridad, con su apetito insaciable penetrando por debajo de mis puertas, a través de las ventanas o por cuanta rendija encuentre para filtrarse en mi atelier, abriéndole cancha a las mariposas nocturnas.

Chau Sol…! Te quiero mucho…

Cuando era niño quería alcanzarte con mi barrilete. Ahora que soy viejo, sólo me resigno a saludarte mientras la tarde bosteza por tu boca de mimbre.
Chau Sol…! Gracias por provocarnos una lágrima, al pensar que iluminaste también la vida de nuestros abuelos, de nuestros padres y la de todos los seres queridos que ya no están junto a nosotros, pero que te siguen disfrutando desde otra altura.

Adiós Sol…! Mañana te espero otra vez. Casapueblo es tu casa, por eso todos la llaman la casa del sol. El sol de mi vida de artista. El sol de mi soledad. Es que me siento millonario en soles, que guardo en la alcancía del horizonte.